Relatos y otras pasiones. Por:  Julio Rodríguez.

La guitarra comenzó a sonar, las trompetas se alborotaron, el guitarrón con su sonido grave hizo vibrar los cristales, el cantante con una penetrante voz de barítono dejó brotar su llanto, y el mariachi empezó entonces a tocar una triste melodía que hizo encogerse a mi sentido corazón. Allí estaba yo, sentado al fondo del salón, en una carcomida silla de madera y apoyado sobre una mesa de mármol que se sostenía sobre cuatro patas de hierro forjado. Al bajarme del avión me estaban esperando y directo de la salida internacional nos fuimos a Garibaldi. No tuve tiempo para cambiarme, así que en el parking de la plaza abrí mi maleta y me puse ropa limpia. Arropado por mis dos buenas amigas me confundí entre sombreros, trompetas, tamales, pomos, colores y sonidos que se grababan en mi retina y despertaban de nuevo profundas y arraigadas emociones mexicanas.

Hacía casi más de un año que no volvía por esta tierra. Perseguir una Visión implica renunciar a otros sueños. Nuestro tiempo es limitado. Con este regreso volvía a sentir de cerca todos aquellos propósitos de entonces ahora ya abandonados. Optar por un rumbo implica renunciar a otros caminos que se presentan en la vida. Viajando a mis principios, me reencontraba de nuevo con mis anhelos y aunque fuese por un instante los hacía presentes y los seguía disfrutando.

Aquella música mexicana se había metido en mi corazón, el tequila también hizo su parte. En el aire se respiraba un olor a tierra mojada. El suelo de cerámica con dibujos en colores llamativos de talavera, las paredes forradas de madera obscura con figuras talladas, paredes blancas gruesas y brillantes, dos grandes columnas en medio del salón, una barra larga y pulida. Había gente en todas las mesas, personas jóvenes y animadas. Dos de ellas estaban borrachas y al final de la noche cuando sin equilibrio comenzaron a deambular por la cantina, tuvieron que echarlos.

Lo curioso es que entre tanto charro y tanto macho el camarero era gay. A las dos buenas amigas que me acompañaban dos vecinos de mesa les mandaron una canción, se lo agradecí con un gesto y ellos serios asintieron con su cabeza. La trompeta entonces ya estaba entre nosotros, el guitarrón sonaba si cabe aun más fuerte, la voz hacia vibrar los vasos, el violín gemía y los acordes del danzón serpenteaban entre las columnas, se deslizaban por las mesas, subían hasta el techo, y rebotaban en las paredes. Penetraban como un humo fino por mi nariz hasta calar mis pulmones y ya dentro me hacían temblar. Cerraba mis ojos y me sentía flotar. No recuerdo la canción que tocaron pero el sentimiento que me transmitieron sí. Nunca habían sentido a través de unas notas de música semejante sensación. Mis emociones se revolvían como un cóctel en mi corazón y tengo que reconocer que tuve que contenerme para no comenzar llorar.

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