Relatos y otras pasiones. Por: Julio Rodríguez Díaz.

Cuando aquella mañana Hipólito Blanco se dispuso como cualquier otro día de su vida a levantarse de su cama pudo llegar a intuir que aquel reguero de sangre que serpenteaba caprichosamente entre los escalones de la escalera de su casa podrían llegar  a suponer el principio y el final de su propia historia. Mirando a su alrededor no resultaba difícil imaginar que todo cuanto acontecía en su vida carecía por momentos de cualquier lógica y que por otro lado, dada ya su avanzada edad, nadie podría creer ni imaginar que todo lo que en su entorno sucedía desde hacía mucho tiempo había dejado de tener un verdadero sentido.

Era el mes de diciembre, uno de esos días gélidos y opacos en los que el cielo de Madrid se puede dibujar con una simple raya de color gris delimitando el horizonte. A través de la ventana de su cuarto, el reflejo de la luz de la calle dejaba entrever pequeñas gotas de humedad flotando entre las sombras de la noche. Con un pijama a rayas y una camiseta raída por el paso de los años, aferrado a una piel desnuda y arrugada, deambulaba con insomnio de un lado a otro de la habitación sin lograr centrar sus pensamientos en algo más que el propio deseo de acostarse y dejarse llevar por el arrullo de unas sabanas blancas y recién planchadas.

Cuerpos inertes balanceados por el delicado viento de la soledad, personajes sordidos sin rostro que iracundos y desfigurados desfilan sin sentido por su mente:  implorando un descanso que no llega, meditando lo imposible, suplicando que la noche de paso al día y que esperando que las ideas se posen ordenadas a través de su pluma en la cuartilla en blanco que reposa sobre el escritorio.

Horas que pasan sin sentido. Como el reloj de su salón que detenido desde hace muchos años permanece parado señalando un instante sin acierto. Su vida como la del reloj, es la historia de un día que en su momento fue, que transcurrió y que en el último segundo se detuvo para siempre.

Filas interminables de anárquicos pensamientos que apilados en su cabeza, buscan ansiosos un camino por donde escapar, deseosos de tomar una forma lógica y sensata de expresarse, anhelando formar parte de una historia que perdure, de trasmitir un mensaje con sentido; anhelo que desde hacía tantos años aún no había podído conquistar.

Hipólito Blanco no era más que un viejo y fracasado escritor de tres al cuarto, que nunca supo dar forma a sus propios pensamientos y que ahora en el invierno de su propia vida, le atormentaban más que nunca aquella idea, y le obligaban a deambular delirando a cualquier hora, buscando esa historia que quizás no iba a encontrar jamás. Era una caricatura de quién había sido, una parodia y deformación exagerada de cuanto fue, alguien que sin aparentemente perder nunca la cordura seguía con todo su ímpetu y su empeño intentando dejar un legado. Cuantas horas tecleando sin sentido, cuantos días desperdiciados entre libros, cuanto esfuerzo en vano y ¿para qué?

Pies marchitos que se arrastran desnudos por una fría alfombra de una habitación apenas iluminada por los débiles destellos de las farolas de una calle solitaria en el centro de Madrid. Pies que sostienen el peso casi inerte de quien solo espera y ya no anhela. Pasos que logran finalmente encontrarse con aquella mancha roja y pegajosa que de la sien de aquel cadáver había comenzado a fluir a borbotones en su propia casa.

Hipólito Blanco se quedó absorto ante aquella visión macabra y morbosa. Su mente despertó de su letargo conmovida por una escena más propia de una de sus delirantes fantasías literarias que de una innegable realidad. Un escalofrío electrocutó sus pensamientos y con su mano izquierda frotó con ímpetu sus ojos intentando borrar de su mente aquel estresante delirio. Hipolito Blanco sintió que después de tantos años le había encontrado. Aquel ser que yacía en su casa y que durante tanto tiempo había estado buscando era sin duda el personaje de su propia historia. Aquel ser inerte era él mismo: el protagonista de su propio libro.

Arrastrando sus pies sobre la alfombra se dió la vuelta y se sentó sobre la cama, deslizó su cuerpo debajo de una manta estampada,  acomodó delicadamente la almohada debajo su cabeza y esbozando una sonrisa de trascendente satisfacción se quedó profundamente dormido para siempre.

Anuncios