Cuando las lágrimas brotan, cuando los dedos de las manos tiemblan, cuando el corazón se encoge por la angustia,  cuando los recuerdos se apelotonan y acaparan todos los pensamientos, resulta entonces prácticamente imposible escribir. Sin embargo, aunque hoy es uno de esos días tristes que quedará para siempre marcado en mi recuerdo, quiero tomar fuerzas y trazar con estas líneas un humilde homenaje al que he llamado desde mi más tierna infancia mi tío el del pueblo, el hermano mayor de mi madre, el que se quedó en la aldea de mis abuelos y del que tantas cosas sencillas aprendí.

Tío, hoy quiero recordarte aún con vida, lleno de fuerza, de vitalidad. Deseo imaginar que aún estas subido a la cerezal podando sus ramas o cortando el pasto de aquella pradera imposible y vertical. Soñar que aún te veo caminando entre los centenarios castaños del bosque buscando un buen tronco seco para la chimenea o que con tu faja de cantero sigues apilando con mimo y sabiduría una a una las piedras de un muro que con el paso de los años seguro seguirán sosteniendo la casa de nuestros antepasados.

Fuerza y vitalidad hasta el final, de genio explosivo, con un carácter duro y un entregado trabajador. Apasionado de la naturaleza y arraigado a sus orígenes “para que irse del pueblo si aquí lo tengo todo”. Protagonista de las fotos que en  mi  infancia, junto a mis padres y a mis otros tíos, me hicieron sentir cuando aún era un niño el valor de una verdadera familia. Sincero, directo y con buen corazón.  Cariñoso con los suyos, rebelde, insumiso y peleón.  

Tío, hoy no quiero llorar. Voy a anestesiar mis sentimientos con mis recuerdos, voy a imaginar que la mañana amaneció soleada y que juntos tú y yo nos vamos montaña arriba hablando de lo poco que queda para que comience la primavera, de cuando tenemos que cortar la hierba, de la abundante cosecha de manzanas que esperamos para este año o de la cantidad de cosas que aún te quedan por hacer. Quiero imaginarme que aún eres feliz entre tus gallinas, en tu cuadra, con tu huerta o en tu taller de carpintería donde tantas y tantas horas te entregaste a tu pasión. Poder hacer contigo planes para el verano y bajar al río todos juntos. Sentarme a comer en el jardín perdiendo nuestra mirada en el fondo del valle o escuchar tus historias de la guerra y las muchas necesidades que tuviste que sufrir.

Volviendo a la realidad, hoy siento que se he perdido para siempre una parte de mi propia historia, que se ha extraviado un libro maravilloso cargado de recuerdos y de momentos que ya no podré recuperar jamás. Me quedaré sin embargo con la alegre memoria de tus anecdotas, con el legado de tus consejos, con los higos, con las peras, las manzanas, las cerezas, las uvas crespas, y con todo lo que este año la generosa primavera nos va a regalar en ese pueblo donde junto a mi madre disfrutaste de toda una vida.

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