Caminar junto al río con la mirada perdida entre las flores y escuchar el susurro del agua golpear las piedras que redondeadas se acomodan en armonía unas contra las otras. Horas de paz y de sosiego; sin un reloj que a propósito se me ha quedado olvidado en la mesilla de noche y con un móvil totalmente descargado, sin posibilidad de conectarlo ya a la corriente, dejándome así llevar por el arrullo de la soledad en un buscado aislamiento para la meditación.

Escuchar el canto de un pájaro entre las ramas de un castaño; ausentarse por momentos extasiado por el olor de una planta que acaba de florecer al borde del recién terminado invierno; ver brotar a borbotones la primavera por donde pasas, e intentar caminar de puntillas para no pisar la vida que ansiosa se asoma entre los caminos y senderos del bosque.

El secreto que descubrí es que lo sencillo me hace grande y que en las cosas más simples es donde normalmente encuentro la verdadera felicidad. Cuando veo a mi perro feliz saltar y retozar por el campo me doy cuenta que en lo básico y en lo natural  está lo más hermoso, y que lo sofisticado nos esclaviza y nos hace dependientes de cosas que en realidad no necesitamos. Me llena de una sensación de libertad el caminar sin rumbo rodeado por la naturaleza, el estar tirado en una playa solitaria acompañado por algún ser querido, el jugar con unos niños a la pelota en el parque, el tomar el sol en el campo después de un largo paseo en bicicleta o el sentarme con un buen amigo a charlar.

Cada mañana es un volver a empezar de nuevo, fresco, con energía, con ilusión para abordar el día. Cuando me levanto  el corazón se alborota y comienza a latir todavía con más fuerza, se carga con nuevas pilas que me hacen sentirme en plenitud. Deseo experimentar esa sensación cada instante de mi vida y muchas son las cosas que a lo largo del día hago que sucedan para revivir esos momentos. ¿Qué es lo más precioso que puede tener un ser humano? me pregunto continuamente: la salud y las ilusiones comentaba el otro día un abuelo. Veo personas en este mundo que me rodea que sonríen, que comparten su energía, que son felices, que trasmiten alegría, que saben aprender de los demás, que como todos también sufren pero que son capaces de superar las adversidades, que disfrutan de lo básico. Este es quizás el antídoto más eficaz a la psicología pesimista que parece haber invadido hoy la realidad.

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