Cuántas tardes perdidas jugando con la Atari cuando era apenas un niño. – Estoy segura que eso con los años te va a pasar factura – le repetía una y otra vez su madre hasta lograr que aquellas palabras fueran con el tiempo a convertirse en una premonición cierta, en una profecía autocumplida, en el relato de un presagio consumado. No puede ser bueno pasarse horas y horas de tu vida pegado a un televisor con un mando entre tus manos, apretando unos botones de colores con tus  dedos, con especial mención al pulgar,  hasta lograr una pequeña callosidad en su extremo junto a la uña, adquirir en él una anormal habilidad de movimiento y deformarlo hasta combar el hueso hacia atrás. Era capaz de convertir la realidad en una mera prolongación de las partidas de los videojuegos a los que le gustaba jugar. “Al final la mente se te va a atrofiar Bernardito”, le decía su mejor amigo,  quién aunque no invertía tanto tiempo en perder el suyo como él, dado el mimetismo que había en aquella amistad sin duda iba camino de ello.

Hace poco contactó conmigo por el Twitter, pude entonces saber que había sido de su vida y ver muchas de sus fotos más recientes. Bernardo era ahora un hombre soltero que rozaba los cuarenta y pico años, que aún vivía con sus padres en una enorme casa de paredes empapeladas, con los baños con moqueta en el suelo al estilo inglés y con cuarto para el servicio, en el centro de la ciudad. De piel blanca, aún se mantenía delgado pero con una panza muy pronunciaba que si la observabas de perfil en contraste con su enjuto cuerpo tomaba la forma de un garbancito gigante: algo así como la boa del cuento del principito.

 Bernardo Vallejo era alto para el promedio de su generación y siempre le gustaba ir bien vestido, aunque para los demás resultaba un hortera y muy extravagante. Tenía una mirada penetrante y solía decir que esa era su principal arma de seductor. Lo cierto es que a su edad, vestido con aquellos pantalones hechos por encargo por un sastre del barrio al estilo “Levis” pero de cuero, con unos zapatos negros brillantes y sin calcetines, con una camisa de seda verde pistacho, lisa y muy bien planchada y con sus ojos azules provocaba en mi alguna que otra reacción encontrada.

Lo conocí en la escuela de curas al que mis padres me habían mandado toda la vida. Recuerdo que él entró el último año, era repetidor y lo habían rebotado de otro colegio. Parte de aquel año fuimos incluso compañeros de pupitre. No era mal tipo y tenía buen corazón. Me caía bien sobre todo porque me hacía reír; no tanto de él, porque podría ser cruel reírse de los demás, sino por las historias y aventuras que le pasaban y que continuamente motivaban mi curiosidad. El resto de los compañeros no le respetaban. Recuerdo que siempre andaba merodeando a las chicas aunque ninguna le hacía caso, tenía un amigo inseparable que era igual de estrambótico que él. Se creía guapo y con la obligación de decírselo a los demás. Coincidimos al año siguiente en la misma universidad pero, pasado el primer curso él tuvo que repetir. Yo por aquel entonces me eche una novia y de ese modo apenas volví a coincidir con él.

 En más de una ocasión durante todos aquellos años en la Escuela Superior coincidimos en algún bar de moda y siempre a altas horas de la madrugada. Cuando me encontraba con el siempre estaba solo, bebiendo ron con coca cola y sonriente, apoyado tambaleándose en la barra de un bar. Le gustaba frecuentar los lugares más concurridos y modernos y se consideraba un autentico experto en arte de ligar.

El otro día me mando un mensaje por el twitter para invitarme a su boda, no me lo podía creer, le escribí para disculparme y decirle que no iba a poder asistir, él me contestó que iban a ser cuatrocientos cincuenta en el banquete, que lo pagaba el padre de ella y que no se iba a notar mi ausencia; también me dijo que le mandara de todos modos el regalo que me lo agradecería. Me confesó en su último mensaje que no se casaba por amor, que había dado un braguetazo y que todo lo hacía por dinero. – “A mis cuarenta y cinco años ya es hora que me vaya de casa de mis padres, ¿no crees?”. Fue lo último que me comentó.

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