Cuando Orencio Zapico salió de su casa aquella soleada mañana de abril en dirección al Banco donde en el clímax ya de su carrera venía fungiendo la función de consejero los últimos cinco años, nada le hacía presagiar que aquel iba a ser el comienzo de una nueva etapa, el primer día de una nueva vida. Las musas inspiran a los que se empeñan en encontrarlas, a los solitarios que trabajan sus pasiones y que viven sus visiones y cada mañana al despertar las renuevan otra vez. Cuantas veces había soñado, serpenteando entre las palabras que escribía en su diario de notas, cumplir con sus anhelos no alcanzados, descifrar los enigmas que solamente él se planteaba, crear personajes en su mente y ser capaz de concebir historias y momentos con seres inventados que tomasen vida por él, logrando así y a través de ellos realizar sus propios deseos .

Orencio decía que nunca se iba a jubilar; aunque era un enamorado de la vida, de su familia y de su trabajo, este último se había convertido con los años en una fuerte adicción para él; desde muy pequeño su único gran sueño había sido viajar. Cuando aquella soleada mañana de abril, antes de llegar a las oficinas decidió encontrarse a desayunar con su mentor sabía que este le iba hacer pensar y que de nuevo tendría que reencontrarse consigo mismo y volver a reflexionar. Su amigo le ayudaría a recapacitar, a encontrar mediante un dialogo profundo por si mismo las respuestas a muchas de las preguntas que llevaba ya años haciéndose. Orencio era un hombre que a sus cincuenta y cinco años soñaba con cambiar.

Cuando su mentor entró por la puerta del café pudo ver entre las cabezas de los clientes más madrugadores la sonrisa de Orencio sentado junto a la ventana.  Se levantó y se dieron la mano, pidió un chocolate y se quitó la chaqueta, Orencio guardó su blackberry y sacó el diario de notas, al cabo de una hora se despidió y dejo anotado en su libreta: La brújula nos señala una dirección, el reloj nos marca un ritmo. Encontrar la dirección hacia donde ir es el primer paso para empezar a moverse. Levantarnos por encima de nuestras cabezas y tomar nuevas perspectivas. Contestarse las preguntas más profundas, establecer las prioridades de acción y tomar decisiones. La brújula sola no sirve es necesario comenzar a andar, tomar decisiones.

Orencio encontró a media mañana, ya sentado en su despacho, la respuesta a las dos preguntas que se había hecho a sí mismo  y esa voz interior le inducía a cambiar. ¿Qué quiero verdaderamente hacer en mi vida? y ¿Cuál es mi visión? Con unos hijos casados, pleno de salud, con una mujer aún joven y que le amaba, con unos hijos ya mayores con una vida ya enfocada y muy independientes. Sintió una fuerte revelación y no dudó. Se contuvo unos momentos, a Orencio no le gustaba precipitarse en hacer, prefería valorar y volver a pensar.  La visión parecía autentica y a lo largo de las siguientes semanas comenzó a ser recurrente.

Un mes después Orencio voló a la India, cumplió su sueño y comenzó a viajar. Durante el primer año apenas volvió por Madrid, recorrió con su mujer medio mundo disfrutando de cada lugar, de cada instante, de cada momento que le daba la vida. Viajó a los lugares más cercanos y a los más alejados del planeta. Su retina era una cámara de fotos de alta resolución que iba registrando cada momento y cada instante con mayor y mayor intensidad. Tenía lo suficiente para vivir y no necesitaba más. Sin grandes lujos se supo administrar, dejo de ser esclavo de sus anhelos para convertirse en el autentico protagonista de su historia, era dueño de su propio personaje.  Su vida se convirtió en un viaje continuo por los libros, los pueblos y las ciudades que recorría.

Diez años después de aquella soleada mañana de abril celebró el aniversario de su jubilación rodeado de toda su familia y de sus amigos, recién había llegado de Asia. Dos días después de aquella fecha nos dejó para siempre. Orencio supo tomar decisiones importantes en su vida, logró cumplir su sueño y alcanzar a convertir en realidad su visión. En más de una ocasión le escuché decir: Nunca es tarde para tomar una decisión, sobre todo si de ella depende cumplir tus sueños y tu visión; la vida es muy bonita pero muy corta.

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