Cuando a Donosio Conrado le empezaron a llegar rumores desde la misma dirección del Banco de la posibilidad de ser promocionado de su puesto actual de director de sucursal al cargo de director regional de la zona norte, un horizonte con nuevas posibilidades se le abrieron en su camino profesional, un cúmulo de ilusiones hasta entonces frustradas comenzaron a brotar de su subconsciente y alguna que otra fantasía generada por sus delirios de grandeza empezaron a trastornar su calva cabecita.  A los pocos minutos de recibir por teléfono la inesperada confidencia de su propio jefe, se produjo en Donosio una sospechosa mutación de su carácter, un repentino cambio de actitud hacia su entorno, llegando incluso a transformar su manera de caminar, su forma de sentarse en la silla frente a su escritorio, y hasta el modo de coger su pluma estilográfica. Cambios que por resultar tan fingidos, comenzaban a delatar la inmadurez e incompetencia que suponía el no saber reconocer con humildad que todo el merito que para él sólo se atribuía era en realidad el resultado y el fruto del esfuerzo de todo su equipo.

Acostumbrado a acarrear mulas desde cuando apenas era un niño en el pueblo de sus padres, su estilo de liderazgo en la sucursal no distaba mucho de las formas y costumbres que había aprendido y practicado con aquellas bestias de carga durante toda su infancia. Su carácter, para algunos su peor enemigo, se había convertido con los años en su principal fortaleza en la gestión de personas, ya que lo mismo le daba darte una palmada en la espalda para felicitarte que pegarte una coz verbal con un comentario de desprecio para dejarte a la postre noqueado con un tropel de ademanes déspotas y arrogantes. – Es lo que se merecen – solía decir con petulancia. – Es la única manera que ellos entienden – era su más recurrida justificación.

En la dirección central bien por ignorancia o bien por un sospechoso mimetismo, el caso es que por desgracia hacía gracia,; también es cierto que los resultados de su unidad de negocio le acompañaban a pesar de las circunstancias que marcaban las tendencias del sector. La realidad es que todos sus colaboradores, más esclavos de sus miedos que asalariados del banco, se fueron moldeando sumisos a su peculiar estilo de dirección, logrando con el paso de los años crear un grupo  que no un equipo de sumisos y borregos que sin motivación alguna ejecutaban las instrucciones que con los malos modos y peores formas se les iban confiando. Aunque resulte inexplicable, a pesar del mal humor y el ambiente tóxico que reinaba en la sucursal, las encuestas anuales de clima laboral que transcendían al departamento de recursos divinos que no humanos eran siempre positivas.

Un contubernio masoquista de todo un equipo para hacer parecer bueno lo malo,  una manera pragmática de evitar las consecuencias futuras de una sinceridad históricamente mal reconocida o simplemente el resultado de padecer el síndrome de Estocolmo en el ámbito laboral; no se cual era la explicación posible pero el caso es que desde arriba la percepción de la realidad era muy distinta a lo que en la práctica sucedía ahí abajo.

Lo más relevante es que a pesar de los mecanismos de valoración internos que tenían montados en el departamento de capital humano del banco, la reputación e imagen que Donosio Conrado se había forjado de cara a la dirección era la de un tipo duro y con carácter que daba buenos resultados y que era capaz de tener a su gente tranquila a pesar de que esto último con los vientos sindicales que corrían resultaba ser algo prácticamente imposible.

Si no recuerdo mal, al fondo de la oficina y tras un cristal estaba la cajera, una abnegada ama de casa en sus pocos ratos libres, casada con un industrial venido a más que desde hacía varios años le venía insistiendo en que se retirase y comenzase a disfrutar de su verdadera pasión por dibujar. Junto al despacho de Donosio se sentaba el interventor, un señor a punto de jubilarse que no tenía ningún interés en tener conflictos y a quien lo mismo le daba que le daba igual cuanto dijese o hiciese su jefe porque su verdadera aspiración era prejubilarse pronto y dedicarse a su verdadera pasión que era cocinar. Junto a la entrada en un par de mesas alineadas y de cara la público se sentaban dos jovencitas llenas de ilusión y energía que en lo único que pensaban era en salir temprano de su trabajo y que se les convirtiese en definitivo un contrato en prácticas que desde hacía casi dos años se venía haciendo de rogar. Detrás de un biombo junto al interventor alguna vez vi sentados a dos ejecutivos de negocio que con tal de no soportar a Donosio se pasaban todo el día de cliente en cliente vendiendo productos, evitando así en lo posible estar en la sucursal.  Con un equipo de matados e inútiles como el que tengo poco más se puede hacer,– solía repetir Donosio, quien a pesar de todo lograba un nivel de captación casi diez veces por encima de la media gracias a su equipo y a varios clientes de primer nivel que le habían sido desviados a la oficina por un par de buenos amigos bien colocados en la división de Banca Patrimonial.

Recuerdo encontrar a Donosio en su despacho un par de meses después de aquel potencial ascenso con su cara desencajada, con un gesto de abatimiento en su rostro, con aspecto derrotado y con los ojos rojos e hinchados a punto de empezar a llorar. Le saludé y como buen cliente que era me invitó a sentarme. Tras cerrar sigilosamente la puerta me acomodé en su despacho lleno de papeles, saque mi libreta de notas y nos pusimos a hablar. Pude entonces entender que todo aquello que algún día pudo ser finalmente no fue y que las ilusiones que él se había forjado tras aquella noticia, al quedarse literalmente sin equipo, finalmente se frustraron. La promoción había sido retrasada de forma indefinida.

A las dos semanas de la noticia, la cajera financiada por su marido decidió retirarse y renunciar para siempre a su puesto, dedicarse a pintar y ceder así el uso y disfrute a otro de la máquina de contar el dinero. Las becarias no tuvieron la suerte que esperaban y fueron invitadas para siempre a abandonar el banco, al poco tiempo sin problemas encontraron un buen trabajo. Los ejecutivos emigraron a otro lugar más cálido donde el variable eran mucho más interesantes y el interventor, su mano derecha durante todos estos años, finalmente se prejubiló y decidió montar su propio restaurante, haciendose él sólo cargo de la cocina. Todo eso de repente y sin avisar. Sin equipo no hay ascenso me repetía Donosio desesperado. Después de todo el esfuerzo que hice para conseguirlo ahora estos ingratos me han dejado plantado. Ahora  por culpa de aquellos desgraciados tengo que volver a empezar a reconstruir el equipo en esta sucursal. Una oportunidad única perdida.

Recuerdo que escribí en mi libreta de notas algunas de las frases que Donosio repitió hasta la saciedad en su despacho y que sin lugar a dudas me hicieron recapacitar: Somos lo que somos gracias a nuestro equipo, ellos son los que nos hacen crecer, si queremos escalar puestos en nuestra organización es apoyándonos en las personas y haciendo progresar a los demás. Sin equipo, a pesar de lo mucho que nos creamos y logremos en el presente, no hay futuro.

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