A pesar de ser hija única y su padre haber tenido toda su vida un prestigioso puesto  de directivo de una organización gubernamental lo único que heredó de su familia fueron deudas, preocupaciones, traumas y muchos problemas. – Con frases como: eres más vasta que las amapolas del campo, que le solía repetir en su infancia una madre al borde de un ataque de histeria, adicta a los somníferos y al vino;  y a base de oír repetir negativas sentencias como: “no vas a llegar a nada” “eres más tonta que pichote” “hasta un idiota sabe más que tú” “déjala pobrecita ella no entiende nada” y otras muchas perlas de este tipo,  lograron entre todos ( los que supuestamente la querían) cincelar con los años una personalidad insegura y sin prejuicios, una mente abierta e ingenua, con muchos miedos, muchas dudas y con una cierta fragilidad emocional.

A pesar de sus años Cristina seguía teniendo una piel muy suave y una cara de niña buena, unas caderas anchas y unos ojos verdes despiertos y muy llamativos. Le gustaba vestirse con faldas largas y de volantes que le daban un aspecto de campesina hortera, al estilo de aquellos personajes a los que nos tenían acostumbrados las series americanas de pioneros de los años 70. Su aspecto de hippy trasnochada al inicio de la primera década del siglo XXI, con unas coletas trenzadas y alpargatas de esparto y con pulseras y collares de nácar,  no hacía más que remarcar un anhelado espíritu de artista pero con una realidad marcada por un mísero sueldo como funcionaria en época de crisis y con un novio gorrón que había salido de casa de sus padres para instalarse con ella en un piso de alquiler a las afueras de Madrid.

La última vez que vi a Cristina Ayuso era ya una mujer madura con treinta pocos años y que había dejado atrás de sí los mejores días de su juventud, aguantando entonces aún soltera a un novio muy liberal, sin ningún tipo de ingreso, con el que llevaba más de tres años viviendo y que en lo único que pensaba era en el sexo, el alcohol y vivir delante de su MAC desarrollando un proyecto que nunca se llegaría a concretar. 

Aunque éramos por entonces dos buenos amigos que nos gustaba pasar horas fumando en su pipa de agua, tomando café y hablando de literatura hasta las tantas de la madrugada, cuando cambié de casa hace cinco años perdí para siempre su pista y casualidades de la vida o caprichos del destino, la semana pasada me volví encontrar con ella camino de Barcelona en el primer AVE de la mañana, vestida con un impecable traje azul y muy arreglada, con el pelo corto, sentada con su portátil abierto y una Blackberry en la mano, brindándome una sincera sonrisa al verme que me transmitían muchas ganas de conversar.  

No dudo que la distancia separa las almas amigas pero ese casual viaje en tren juntos me demostró que a pesar del tiempo y de la distancia las relaciones perduran como si una cuenta corriente emocional se tratasen manteniéndose intacto su saldo a pesar de los años.

Cristina me contó que su vida había cambiado desde entonces de una forma radical, que ya no era la misma y que había roto con muchas de las ataduras mentales que le aprisionaban de su pasado, que se había renovado, que había tomado la decisión de tomar las riendas de su propio destino y que ahora sin duda era mucho más feliz. Me contó también que en esta última etapa de su vida, había tenído un hijo, que había superado ya el trauma de su divorcio con aquel haragán irresponsable y la pérdida de sus padres y quizás movida por un espíritu y un continuo afán de superación o por una necesidad imperiosa resultado del recorte de personal en el ministerio, logró a los pocos meses de ingresar en el INEM arrancar con éxito un negocio como distribuidora y vendedora de una de esas máquinas caras y maravillosas, a las que quizás solo les faltaba que funcionen solas, dirigida a un mercado de sobraos y caprichosos que no les importa el precio porque lo pueden pagar y que lo más probable es que no la vayan a utilizar jamás.

Cuando la necesidad entra por la puerta, el amor sale por la ventana, le escuché decir en un par de ocasiones durante el viaje. Lo cierto es que llego un momento en su vida que decidió romper con todo su pasado y arrancar de nuevo. La pesada carga que comenzó a sentir al convivir con un holgazán incapaz de buscar tan siquiera su propio sustento en búsqueda de un sueño incomprensible para todos y que comenzaba a ser suicida para todos, empezó después de ocho años a resultarle insostenible hasta el punto de tomar la decisión de abandonarle. Y así fue que se tuvo que ir por una cuestión más de salud mental que por falta de amor, buscando ser un acicate de su esposo para el futuro, si es que aún había futuro posible para aquella relación.

Ya hacía dos años que había dejado a su pareja, que dominado por su apatía, desidia o falta de motivación interior seguía a pesar de tener juntos la responsabilidad de un precioso bebé, sin buscar y por consecuencia sin encontrar modo alguno de sustento. Sentado en su sofá, fantaseando en sus delirios de artista no consumado y aceptando vivir casi en la indigencia en aras de un sueño creativo y postmodernista que solo el mismo se creía pero que la realidad mostraba que no le daba tan  siquiera para poder comer.

Durante las horas que estuvimos juntos sentados en el tren yo escribí muchas cosas en mi libreta de notas y le hice muchas preguntas que le hicieron pensar, al final nos despedimos en la estación del Prat y desde entonces no la he vuelto a ver. Sus palabras me ayudaron a entender su cambio.  En la vida uno tiene que tomar decisiones a veces dolorosas que implican rupturas. Las rupturas duelen y a veces no se pueden recomponer. El conflicto es cosa de dos, las relaciones se deterioran y a veces son irreconciliables. El conflicto parece no tener en muchas ocasiones posible solución. Sin comunicación no hay un conflicto inmediato, a veces es hasta necesario para enfriar una situación. Pero la no comunicación acaba haciendo que las cosas se enquisten y se deterioren aún más y la ruptura sea total. Es mejor que no haya peleas porque desgastan mucho y esa inversión de tiempo y esfuerzo es mejor enfocarla a crear y ser feliz. Escribí también que muchas veces las rupturas a pesar de dejarnos traumas nos ayudan a sacar lo mejor de nosotros mismos y son un paso necesario para poder crecer.

Antes de salir del tren, Cristina me pidió prestada mi libreta de notas y escribió de su puño y letra las siguientes reflexiones que aquí transcribo: Cuando de veras te propones algo, tarde o temprano lo consigues. A pesar de las dificultades de la vida uno tiene que tomar decisiones aunque sean muy dolorosas. Si algo no te hace bien hay que ser valiente para decir basta y desprenderse de ello. Cualquier sueño personal es lícito de perseguir pero primero tenemos que ser realistas y buscarnos una manera de poder subsistir.

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