Uno espera que con el tiempo al igual que los frutos de los arboles, las personas maduren y en lo que a sus actitudes se refiere llegue ese momento en que al tomar plena consciencia de las consecuencias de nuestros propios comportamientos, decidamos por convencimiento propio que es necesario cambiar.  Cada vez me cuesta más creer que las personas con los años podamos llegar a reformarnos, pero a pesar de este escepticismo no practicante, tengo que admitir que he visto a muchos profesionales transformarse con el tiempo y convertirse en seres totalmente diferentes de cómo eran. Hablo del cambio de actitudes ante la vida, de la capacidad de adaptarnos a los demás, de los conflictos, de nuestras reacciones, de la habilidad que tenemos para interrelacionarnos con nuestro entorno en el ámbito laboral.

Manuel Gil se consideraba a sí mismo un tipo duro capaz de afrontar con éxito cualquier misión que verdaderamente se propusiese y a lo largo de toda su vida había sido así. Desde bien niño apuntaba alto y sabía que él era mucho más capaz que los demás. Durante años tuvo verdaderos problemas de inadaptación al entorno, – Con una mente tan capaz es lógico que se aburra y comience a idear cosas de este tipo – solía decir para justificarle su mentor y maestro, quien en más de una ocasión tuvo que mediar con la dirección del colegio que tan caro le costaba a su padre para evitar males mayores. Tampoco resultaba tan complicado perdonar y aceptar sus salidas de lugar, porque Manuel sin mayor esfuerzo era capaz de lograr en todas las asignaturas una media de sobresaliente y en algún que otro curso de matrícula.  

Procedía de una familia modesta y normal y logró una vez finalizados sus estudios un buen empleo en una multinacional del sector servicios y desde entonces hacía tres años que había comenzado a trabajar. Las cosas sin embargo en aquellos últimos meses habían cambiado mucho. Su jefe de división, se había fijado mucho en él, le llamaba la atención la capacidad de Manuel, su imaginación para abordar los problemas y su disposición a resolver cuantas incidencias sucedían con tal de lograr los objetivos que le hubiesen propuesto. Sin duda era él, el que más valor aportaba al equipo con diferencia y eso se notaba cada vez más. Las cosas estaban cambiando mucho en la empresa y su jefe a quien le habían comunicado que en un par de meses iba a surgir una codiciada e insuperable oportunidad de promoción, había pensado en Manuel para sustituirle en su puesto.

Su jefe tenía no obstante sus dudas y pensaba que Manuel, a pesar de su gran capacidad, malograba su carrera por su carácter y su impronta. Suele ser común que cuando alguien en un entorno destaca por ser más activo, creativo, tener iniciativa y está orientado totalmente al logro, surjan conflictos con quienes no logran ser así. Manuel también contribuía poco a crear un buen clima con sus compañeros y aunque la mayor parte del tiempo era encantador en el trato y muy divertido cuando no lograba lo que se proponía, cuando no se cumplía con lo que él esperaba, o simplemente cuando algo impedía que él alcanzase lo que se había planteado era capaz de romper la baraja y bien por su actitud, comunicación no verbal o por su hiriente ironía conseguía tensar el ambiente más allá de lo necesario generando en los demás un alto grado de animadversión. Si Manuel quería crecer, Manuel tenía que cambiar – pensaba entonces su jefe. Muchas cosas se pueden justificar con la juventud, pero las oportunidades solo pasan muy de vez en cuando y si de veras quería ascender, tenía que cambiar, le solía repetir.

Cuando su jefe le llamó a su despacho su único propósito era ayudarle, él intuía lo que costaba moldear un carácter como el de Manuel, porque también así había sido el suyo cuando empezó; entendía lo difícil que es modificar los hábitos que uno tiene arraigados durante tantos años. Sabía también que Manuel le respetaba y apreciaba aunque en alguna ocasión se hubiese mostrado  arrogante y soberbio al descubrirse conocedor de detalles técnicos imposibles de resolver para una mente medianamente normal.

Manuel se sentía imprescindible y desde hacía un par de meses comenzaba a mostrarse algo inquieto en su puesto, aspiraba a más, esto era algo que comenzaba a manifestarlo con mayor asiduidad. Nadie a su alrededor éramos capaces de llegar a su nivel, se creía un líder, se sentía pletórico con su capacidad,  estaba seguro que ninguno de sus compañeros le podíamos llegar a superar. No comprendía tampoco la actitud de los demás hacia él, lo atribuía a la envidia, pensaba que los demás se quejaban de él sin motivo, que sus compañeros eran débiles de carácter e incapaces de enfrentarse con lógica y determinación a los problemas más simples que se les planteaban si él mismo no les ayudaba. Era omnipresente entre todos los demás; trataba de resolver las dificultades de su equipo, lo que le hacía sentirse muy superior.

Lo curioso es que él pensaba y decía que en el fondo era una persona muy humilde y era algo que solía repetir con asiduidad; él sabía que cualquier esfuerzo sería en vano y  que no podría progresar si no lograba ser respetado por los demás. La llamada de su jefe invitándole a visitarle en su despacho le había hecho pensar; no hacía mucho había tenido una terrible bronca con el departamento técnico y el haber perdido los nervios podría traer algunas consecuencias. Se acordó entonces de su maestro, de cuando era niño, de su colegio y de los problemas en el continuamente tenía, pensó una vez más en la necesidad de cambiar, de suavizar su carácter, de no dejarse llevar por sus arrebatos y de poderse controlar.

Recuerdo aquel día después de terminar la reunión ver a Manuel salir del despacho de su jefe, con su rostro desencajado, con sus puños apretados, caminando deprisa y  casi a punto de explotar. Nunca supimos que fue lo que hablaron, solo trascendió las consecuencias de aquella reunión. Meses después Manuel se fue de la compañía y el jefe buscó otro substituto entre los más veteranos. Me eligió a mi que aunque no era muy bueno técnicamente todos pensaban que era una buena persona y por mi carácter conciliador me respetaban.

Después de cambiarme de empresa hasta en dos ocasiones me volví a encontrar a Manuel casi siete años después. Comenzábamos por aquel entonces un proyecto en el que él participaba, con una empresa de primer nivel que tenía sus oficinas cerca de la Gran Vía, en el centro de la ciudad. Tuve oportunidad de hablar con él largo y tendido en esas ocasiones y me confesó con mucho respeto y cariño lo mucho que desde entonces le había costado cambiar. – Dominar mis impulsos y saber escuchar, no dejarme llevar por mis ataques de ira, tratar de entender un poco más a los demás. No tomarme las cosas tan a pecho en el trabajo ni en la vida, saber equilibrar. Pensar que yo también puedo estar equivocado, aprender a tolerar. Evitar a toda costa tensionar el ambiente que me rodea, centrarme en la parte objetiva de mis problemas y no dejarme llevar por mis cambios de humor, aprender a controlar mis impulsos y ser más amable con los demás. Fueron las reflexiones que anoté en mi libreta de notas la última vez que hablé con él.

Me contó también que después de aquella empresa donde coincidimos había pasado por otras tres compañías y que le sucedió lo mismo, al final le invitaron a irse de la tres. Su carácter, me reconoció, que fue quien le perdió y me contó que a pesar de ser reconocido por sus jefes como genio en el desarrollo era también un inadaptado en los equipos, que por momentos descontrolaba negativamente su comunicación tanto verbal como no verbal y que su estilo de relación era muy propenso al conflicto y a crear un clima negativo entre sus colaboradores; lo que más le dolió y movió hacia el cambio fue que alguien en aquella época le insinuase que era analfabeto emocional. En esta nueva etapa, después de todos aquellos tropieces, fungía la función de director de unidad, un puesto muy relevante para su edad, lo que demostraba que a pesar de los golpes que se había dado se había logrado superar.

Durante los meses que pasé en aquel proyecto, un día coincidimos en la cafetería que teníamos al lado del cliente mientras tomábamos un café. Fue entonces cuando me confesó algo que me hizo sin duda pensar: que a él ya no le pagaban por sus grandes conocimientos técnicos sino por su capacidad de mediar entre los demás y de evitar conflictos, por buscar el consenso entre las partes y sacar lo mejor de cada persona. –

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