Cuatro meses después de comenzar mi tratamiento para recuperar mi estómago, mi empresa perdió un proyecto muy importante, se produjo un dramático recorte de  personal, y a pesar de mis esfuerzos por sacar adelante aquel proyecto con el nuevo equipo que yo mismo había seleccionado y formado el clima en la oficina empezaba a ser muy difícil de recomponer. Dado el proceso de fusión que estábamos padeciendo a mí me bajaron de categoría, y con el nuevo jefe que ahora se había integrado al equipo la convivencia comenzaba a ser muy tensa.

Después de todos aquellos años trabajando ya empezaba a ver la vida de otra manera, otro tipo de prioridades comenzaban a pesar más que mi trabajo y me sentía ya cansado de vivir permanentemente en ambientes desmotivadores y conflictivos. Recordaba las palabras de Vinicio cuando me decía que sin equipo no había futuro y me veía ahora en medio de un proceso de cambio y totalmente desamparado.

Aquel año por aquellas fechas seguía haciendo mucho frío en Madrid. Se avecinaban tiempos de importantes cambios y yo no dejaba de hacer horas extraordinarias. La empresa que nos había adquirido me asignó un nuevo jefe muchísimo más joven que yo y sin nada de experiencia.

 – Mira Hipólito, conmigo o te adaptas a mi estilo o te vas a  la puta calle, así de sencillo ¿lo entiendes?  Fue una de las últimas  amenazas que llegué a escuchar impotente frente a mi mesa, aquella tarde lluviosa donde el cielo de Madrid se pintaba con una tiza negra con trazos plateados. La frase también la escuchó uno de los colaboradores que se sentaba junto a mí al fondo del pasillo cerca de los ascensores.

 En aquella traumática fusión que vivimos en mi compañía se renovaron muchos de los jefes y el que a mí me tocó parecía que había recibido instrucción militar. El conflicto se tensaba porque su comunicación era muy agresiva y nos faltaba el respeto; para él los gritos, las descalificaciones y las blasfemias era ser natural, así que te arrojaba con insidia sus insultos, como si de objetos contundentes se tratase, provocándote profundas heridas en tu orgullo y autoestima. El nos decía que era la mejor forma de poder motivarnos y que así era él: “lo aceptas o te vas”.

 Yo reducido a la nada, con la moral por los suelos,  abatido y totalmente desmotivado me dejé caer triste en el asiento enfrente de mi escritorio, cerré los archivos que a aquellas  intempestivas horas aún permanecían abiertos y apreté la tecla de “apagar equipo” en mi portátil aún sintiendome culpable por dejar mucho de mi trabajo atrasado. Miré durante unos breves minutos por la ventana mientras se cerraba el Windows y se me pusieron los ojos rojos. – No lo soporto más, esto es superior a mis fuerzas, voy a renunciar. Fue lo último que murmuré aquella tarde de viernes, ya casi a punto de anochecer en una oficina prácticamente vacía de gente.

A las nueve treinta de la mañana del domingo, dos días después de aquella amenazadora frase, una sirena rompió con su estruendo la armonía de mi calle, dos paramédicos trataban desesperados de estabilizarme y agarrado a la mano de mi padre me retorcía con vómitos intensos, un terrible dolor abdominal, calambres musculares y un insoportable dolor de cabeza, en la camilla de una ambulancia camino del Hospital Cerón. Treinta minutos después descansaba recién ingresado, en la planta tercera, en la unidad de intoxicados. Algo había ingerido en el fin de semana que después de veinticuatro horas hizo que me comenzara a  sentir que me moría.

He de reconocer que por la tensión de la fusión, el recorte de personal y las maneras de mi nuevo jefe, se percibía en aquella época un ambiente envenenado en el proyecto y en la empresa; para algunos las dolencias eran la consecuencia de la relación con nuestro inexperto jefe, que algunos llegaban a definir como un auténtico martirio psicológico.

Recuerdo que alguno dijo que padecíamos los síntomas de ser “víctimas de envenenamiento por un estilo de liderazgo basado en el miedo y la descalificación”. Yo tampoco me había quitado la etiqueta aquella de “animal de las relaciones” pero he de reconocer que me vi superado por un nuevo jefe que manifestaba unas peligrosas carencias de comunicación y gestión de conflictos, que para algunos llegó a tener connotaciones de una autentica pesadilla.

Tuve tiempo para hablar con mi padre en el Hospital y darle detalles de como mi jefe se relacionaba y dirigía el equipo de trabajo. Le conté que mi nuevo responsable tenía una personalidad encantadora con sus propios jefes pero con nosotros era muy desagradable en sus formas, siempre estaba enfadado, nunca le parecía bien nada que hicieses o dijeses y siempre estaba a la defensiva. Te amenazaba y daba gritos por los errores que cometías, aunque estos no fueran de mucha importancia. Era desconfiado,  le gustaba mucho hacerse notar y ser el protagonista. No le importaba hacerte de menos ante otras personas, minusvaloraba tu trabajo, se burlaba de tus defectos, te calumniaba con comentarios que no habías dicho. Le gustaba hablar mal de los demás y ridiculizar a los compañeros a sus espaldas, yo le vi hacerlo en muchas ocasiones. Al oírle hablar mal de los demás no podía evitar pensar lo no le escuchaba decir de mí.

Aquella tarde en la habitación del Hospital escuche a mi padre explicarle al médico y a cuantos le escucharon en aquel interminable pasillo con olor a limpio, un sentimiento de queja y autoinculpación – Es imposible que me haya equivocado,- decía con un tono vehemente –  llevo cuarenta años produciendo estas setas en mi finca, no puede ser que esta vez los haya cultivado envenenadas. –

Estuve casi quince horas en cuidados intensivos y en observación continua desde que ingresé en la clínica, por la ingesta de aquellas setas venenosas que me regaló mi padre. Tuve fuertes convulsiones en mi entonces delicado estómago y sentí un terrible malestar imposible de soportar. Los médicos dijeron que los síntomas de envenenamiento eran claros. Pidieron incluso que trajeran más setas al hospital para enviarlas a un análisis botánico aunque más adelante nos dijeron que no habían encontrar nada venenoso. Determinaron que el nivel de intoxicación era grave porque el intervalo desde la ingestión y la aparición de las primeras molestias había sido muy prolongado; había peligro a que las toxinas hubiesen sido absorbidas por mi organismo y se pudiese lesionar alguno de mis órganos vitales. 

Durante la semana que estuve en el hospital, a pesar de estar muy atareados en el proyecto, excepto mi nuevo jefe, todo mi equipo me vino a visitar. Mi sentido de la responsabilidad era tan grande que intenté trabajar incluso desde la habitación pero el doctor me recordó las posibles consecuencias y no me lo aconsejó.

En el proyecto buscaron rápidamente un sustituto. El nuevo que temporalmente ingresó en mi lugar, a la semana de su incorporación entró en conflicto directo con aquel inexperto jefe y renunció.  Sé que corrían entonces bromas sobre la toxicidad verdadera de aquel estilo de liderazgo basado en las amenazas,  los gritos y las malas formas y las consecuencias que podía tener para la salud de todo el equipo. Se hablaba en broma de los riesgos laborales de aquel ambiente y de la necesidad de una inspección de los niveles de exposición a los que nos veíamos sometidos con objeto de determinar el grado verdadero de envenenamiento que podíamos estar padeciendo en aquella oficina de proyecto con aquel jefe tóxico.

Cuando después de todo aquel suceso me recuperé, a punto ya de reintegrarme al proyecto, una nueva noticia sentó al equipo como un delicioso té calentito al abrigo de una chimenea en un frío y lluvioso día de invierno. A la semana de darme el alta en el hospital en Madrid por el grave envenenamiento que sufrí, debido en teoría a las setas que mi padre con todo el cariño del mundo me trajo de su granja, la dirección de nuestra empresa decidió trasladar a nuestro inexperto jefe a otro cliente. Los síntomas de mal humor, agotamiento, desmotivación, apatía, y bajo rendimiento del grupo de profesionales que allí trabajamos, empezaron desde aquel momento a remitir.

Hablé con mi padre por aquel entonces de mi experiencia en el Hospital y de la situación que viví en el plano laboral. Su versión final de la historia siempre me hizo pensar. Él insistió que era imposible que se hubiera equivocado y me hubiera podido dar setas envenenadas porque el mismo plantó aquellos champiñones y con mimo los cultivó. Así que estaba totalmente convencido de su teoría, y esta era que mi envenenamiento se debía a las  toxinas que aquel inexperto jefe me provocaba. Mi padre estaba convencido que eso fue lo que verdaderamente me llevó al hospital y  a permanecer allí durante más de una semana. Yo, por supuesto nunca puse en duda ni su palabra ni su teoría, al fin y al  cabo de setas mi padre siempre supo muchísimo más que yo. 

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