No estoy enfermo, aunque vivo unido a él. Me siento su esclavo, sé que lo necesito, dependo de él. Duermo a su lado, nunca lo apago, me inquieta no tenerlo cerca. Todas las mañanas me levanto cuando suena su alarma, antes de salir de la cama reviso mis mails;  hoy se le acabó la pila en la noche y llegué tarde a la reunión mensual con mi jefe; quizás por ello me despidan.

Ayer me olvidé de cargarlo así que estuve media mañana incomunicado, mi vida  ha sido un calvario; por fin lo he podido encender. Me relaja saber que está de nuevo conectado; cada cinco minutos vuelvo a mirar su pantalla.  Mientras navego por internet, por su culpa, casi tropiezo en el pasillo con mi jefe y le tiro el café; hoy lo mejor va a ser que me vaya a la calle. Digo que voy a visitar a un cliente y recojo el cargador. Bajo en el ascensor sin levantar mis ojos del teclado; con mi dedo gordo escribo a velocidad de vértigo; logro contestar así a uno de los mensajes recibidos que aún tenía en negrita en el buzón. Confieso que estoy sometido a la tiranía de la luz roja que parpadea cuando hay algo pendiente; nunca lo he intentado reconfigurar.

Me siento al volante, lo saco de mi chaqueta, lo pongo en el asiento del copiloto, conecto su música al coche. Está lloviendo y me acabo de incorporar a la autopista, de reojo lo miro cuando se detiene el tráfico. Vuelve a sonar, lo contesto, he visto un policía, ellos a mí por suerte no me vieron, aprieto el «manos libres» y le digo a mi jefe que para hablar tengo que salir al arcén.  Al girar a mi derecha no veo bien por el retrovisor y un camión me golpea con fuerza. Doy dos giros sobre mi mismo (como una peonza) hasta que me estampo contra una valla que se rompe y me acabo empotrando contra un árbol. Tras el caos viene la calma, una tensa calma; tan solo se oye un goteo continuo y una rueda girar. Estoy boca abajo, atrapado en este amasijo de hierro, entre el airbag y el cinturón de seguridad. No me duele nada y no sé si estoy muerto.

Comienzo a pedir auxilio  pero en seguida me callo: acabo de escuchar su melodía  sonar; lo busco con ansiedad entre todo este desastre; auscultó con la mirada mi alrededor: no veo más que chapa retorcida incrustada en el tapizado; sin embargo, entre dos trozos de metal parpadea su luz roja y brillante; me suelto con dificultad de lo que me aprisiona, me deslizo con cuidado entre los cristales sobre el techo y logro de nuevo alcanzarlo. Me siento muy aliviado.

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