Hoy lo que transcribo es mi propia voz y de quien te quiero hablar es de mi vida. Durante muchos años he sostenido sobre mis espaldas las historias de otros, y aunque muchos piensan que de ellos emanan sus relatos, el secreto está en mis vetas, en el olor de mi madera que provoca en quien me toca una profunda inspiración. Voy a cumplir cien años y mis recuerdos aún no se han borrado, fui parte de un árbol robusto que creció en un tupido bosque de castaños y hayas. En mi interior se han guardado los más profundos secretos y sobre mi tablero abatible se han vivido desbocadas pasiones.

Se acerca mí fin. Olvidado junto a otros muebles viejos, tras largos años de soledad, he descubierto que han vendido finalmente la casa que ha sido mi hogar. Mi anterior dueño, aquel brillante escritor que murió hace casi veinte años, me dejó sin un destino y sin un espacio donde continuar mi historia. Los nuevos propietarios han llegado esta mañana temprano y les escuché decir que van a hacer reforma: por eso nos están sacando. Hace apenas unos instantes oí como quebraban a hachazos la espalda de mi amigo el armario y ahora percibo el crepitar de su madera quemándose en el fuego.

¿Qué os puedo contar de mi vida? Mi primera dueña era una mujer abnegada que los años de guerra y escasez marcaron para siempre su historia. Fui entonces el arca de sus más preciosos tesoros: un pequeño almacén de comida. A un lado de los fogones, en una esquina de la cocina mantenía bajo llave todo aquello que debía estar fuera del alcance de las manos que lo necesitaban.

Al morir la señora su hija pequeña se quedó con la casa, y fue entonces cuando me volvieron a barnizar.  Durante días rascaron mi piel con dulzura y me quitaron las escamas y las marcas que me había ido dejando la vejez, arreglaron mis bisagras y un nuevo color inundó mi savia hasta lograr hacerme sentir joven de nuevo. A partir de ahí, fui el escondite de muchos caprichos y abracé entre mis paredes manjares exclusivos.

Los años volvieron a pasar y me heredó su hijo, un joven y brillante escritor que me adoptó y me mudó a una de las mejores habitaciones de la casa. Por entero me reconstruyó, me quitó hasta la última gota de esmalte y cubrió suavemente mi piel desnuda con un barniz. Se mostró a la luz cada rincón de mi cuerpo y los viejos aromas quedaron para siempre desterrados

Viví momentos de gloria, con libros amontonados en mis esquinas y personajes que tomaban forma a través de las palabras. Escribimos juntos el primer libro, recuerdo su cara al ver fluir las líneas sobre el papel, sin interrupciones; como una corriente de ideas que de forma natural se van sucediendo. Necesitaba apoyarse en mí para convertir en palabras las historias que juntos inventábamos. Fueron décadas de trabajo y de muchas satisfacciones.  Sobre mi hizo en dos ocasiones el amor con su mujer. Todos los días sentía el calor de sus manos acariciando los fríos botones negros de hierro de mi costado.

Los nuevos dueños que han llegado son jóvenes y les escucho muy alterados. Nada para ellos parece tener valor. Su corazón es duro y desean acabar con cualquier rastro de un pasado que no es él suyo. Les he visto llegar, con dos niños pequeños, en una camioneta de apilar escombro; han traído potentes herramientas de limpieza y están acumulando la basura en el jardín.

En estos últimos minutos, me veo a mi mismo y me doy cuenta en lo que el frío, la humedad y el polvo me han convertido: en un viejo mueble olvidado. Siento el aspirador arrastrarse por la madera del suelo, acercándose a mí; dos hombres abren la puerta de la habitación donde sobre mis cuatro patas con dignidad aún me sostengo. Me levantan y sin ningún cuidado, me sacan del cuarto golpeándome contra la puerta. Me bajan por las escaleras rayando mis patas y una vez en el jardín me dejan tirado junto a un montón de leña seca.

Un minuto después la mano de un niño me acaricia, gira suavemente la llave del cajón, y abre mi tablero abatible; le escucho entonces gritar:

—¡Papá!, ¿pero tú has visto que bonito escritorio?

***

 

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