El ruido seco de unos tacones golpeando sobre el suelo irrumpió el silencio de aquel café. Sentado junto a una de las ventanas se ve una calle ancha y vacía. Es el típico mes que más calor hace en Madrid. La vi entonces entrar por la puerta y caminar con decisión hacia mí.

— ¿Eres Javier?

—No, me llamo Gabriel.

—Ah…  disculpa… me he confundido.

 Media hora después aún seguía sentada y sola al otro lado de la sala, intentando disimular el plantón y concentrada entre las páginas de un libro. El camarero permanecía de pie, junto a la maquina que desprendía un delicioso olor a café, esperando la llegada de unos clientes, que a aquellas alturas del año, probablemente estarían de vacaciones en alguna de las playas del sur.

— ¿Me puedo sentar aquí contigo?, —me decidí a preguntar.

—Bueno…, a quien esperaba ha decidido no acudir a la cita —me confesó.

— ¿Qué lees?

—Es un viejo libro que encontré por casa.

Me explicó que se había citado a ciegas con un hombre que conoció por internet y que le había parecido un chico serio por las cosas que le escribía. Estuvimos durante media hora conversando. Ella me contó su vida, me dijo que era divorciada, que tenía una hija y que solo vivía para trabajar.

La invité a cenar y ella aceptó. Dejamos el dinero sobre la mesa de mármol y salimos juntos de aquel lugar. El asfalto desprendía aún un vaho caliente que ahogaba los sentidos. Estaba anocheciendo, pero el cielo aún tenía un intenso color azul. Del restaurante, nos fuimos caminando a una terraza llena de gente cerca de la Puerta de Alcalá. Allí le hablé de mi afición a escribir relatos, a la necesidad de inventarme historias, a mi pasión por descubrir personajes. Le conté que estaba soltero, que no había tenido hijos, y que vivía en un apartamento con una bonita terraza. Le reconocí que soñaba con dejarlo todo y dedicarme a viajar.

Aquella noche acabamos caminando juntos por el Parque del Retiro, vimos la luna junto al lago. Le hablé de mí, de mis dudas con las mujeres, de las horas que paso solo, de mi pasión por la literatura, de mis miedos a perder mi libertad. Nos miramos a los ojos y le cogí la mano, ella me pidió que no fuese tan deprisa, yo me sentí mal, avergonzado. Aquella noche la acompañé a su casa y no le confesé que el hombre con quien había hecho su cita a ciegas era yo.

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