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Madrid Sky - Libro de relatos

El próximo día 20 de abril, en la casa del lector de Madrid, el grupo de creación literaria de la casa del Reloj presentamos nuestro  nuevo libro de cuentos:  Madrid Sky.

Un libro escrito por veintiún escritores y  dirigidos por Pura Simona de la Casa,  que sumerge al lector en una serie de relatos inolvidables, en un hotel imaginario y de lujo, en el centro de Madrid.

En las páginas de este libro, un nutrido número de personajes muestran los conflictos de siempre, los acompañan sus vidas de individuos peculiares, a su condición de mujeres y hombres que si bien coinciden en este espacio de paso, los temas que recorren los entresijos personales, los del hotel y los del libro, tomando como un todo, no entiende de lugares ni tiempos.  Cada uno de los autores escribimos por razones diferentes aunque los objetivos sean los mismos: un afán por entender y acercarnos a los laberintos de lo humano.

En el reto de ser una obra colectiva es donde radica sin duda la verdadera fuerza de este trabajo.

Espero que puedas acompañarnos en esta momento tan especial.

Inscripción al evento:  https://www.facebook.com/events/284948878304929/?fref=ts

MADRID SKY

MADRID SKY

El ruido seco de unos tacones golpeando sobre el suelo irrumpió el silencio de aquel café. Sentado junto a una de las ventanas se ve una calle ancha y vacía. Es el típico mes que más calor hace en Madrid. La vi entonces entrar por la puerta y caminar con decisión hacia mí.

— ¿Eres Javier?

—No, me llamo Gabriel.

—Ah…  disculpa… me he confundido.

 Media hora después aún seguía sentada y sola al otro lado de la sala, intentando disimular el plantón y concentrada entre las páginas de un libro. El camarero permanecía de pie, junto a la maquina que desprendía un delicioso olor a café, esperando la llegada de unos clientes, que a aquellas alturas del año, probablemente estarían de vacaciones en alguna de las playas del sur.

— ¿Me puedo sentar aquí contigo?, —me decidí a preguntar.

—Bueno…, a quien esperaba ha decidido no acudir a la cita —me confesó.

— ¿Qué lees?

—Es un viejo libro que encontré por casa.

Me explicó que se había citado a ciegas con un hombre que conoció por internet y que le había parecido un chico serio por las cosas que le escribía. Estuvimos durante media hora conversando. Ella me contó su vida, me dijo que era divorciada, que tenía una hija y que solo vivía para trabajar.

La invité a cenar y ella aceptó. Dejamos el dinero sobre la mesa de mármol y salimos juntos de aquel lugar. El asfalto desprendía aún un vaho caliente que ahogaba los sentidos. Estaba anocheciendo, pero el cielo aún tenía un intenso color azul. Del restaurante, nos fuimos caminando a una terraza llena de gente cerca de la Puerta de Alcalá. Allí le hablé de mi afición a escribir relatos, a la necesidad de inventarme historias, a mi pasión por descubrir personajes. Le conté que estaba soltero, que no había tenido hijos, y que vivía en un apartamento con una bonita terraza. Le reconocí que soñaba con dejarlo todo y dedicarme a viajar.

Aquella noche acabamos caminando juntos por el Parque del Retiro, vimos la luna junto al lago. Le hablé de mí, de mis dudas con las mujeres, de las horas que paso solo, de mi pasión por la literatura, de mis miedos a perder mi libertad. Nos miramos a los ojos y le cogí la mano, ella me pidió que no fuese tan deprisa, yo me sentí mal, avergonzado. Aquella noche la acompañé a su casa y no le confesé que el hombre con quien había hecho su cita a ciegas era yo.

Su rostro reflejaba el espíritu de su alma. Tenía la cara redonda y los ojos  azules, el pelo  rubio y la piel suave como la de un niño, una sonrisa cruzaba su cara y mostraba la sinceridad de sus sentimientos. Me enamoré de ella en cuanto la vi por primera vez, hace siete años, mis ojos recorrieron su anatomía perdiéndome con la imaginación entre sus caderas. La he querido más que a nadie en este mundo, pero desde hoy he decidido poner un paréntesis en nuestra relación y partir.

Son tiempos de crisis y no solo económicas. Cuando has terminado una carrera de ingeniero y llevas más de tres años sin encontrar trabajo algo más que un cambio necesitas darle a tu vida. Cuando las reservas se han debilitado hasta límites insospechados es cuando uno se siente obligado a renovar el espíritu de aventura y aceptar nuevos retos. «Volver a empezar» me repetía una y otra vez, «volver a empezar de nuevo aunque sea en otro país, reencontrar un rumbo para mi futuro». Esa idea me había perseguido los últimos meses hasta hacerme llegar al asiento de este avión.

Tengo solo veintiocho años y hace dos semanas recibí una oferta de trabajo de una empresa que requería mi incorporación de forma inmediata. Al aceptarla, estaré seis meses de prueba, después el contrato será por tres años. El sueldo es elevado y el proyecto muy interesante.  Durante mucho tiempo he esperado una oportunidad así, sin embargo dentro de un mes tengo planeado casarme y si mi novia se viene conmigo perdería su recién lograda oposición. Podéis imaginaros que una noticia así ha originado el caos en mi relación.

Ella lo tiene claro, no me va a acompañar. Yo le he propuesto un descanso en la relación, ella me dice que soy un egoísta y que si me voy será para siempre.

—No soy yo quien para darte consejos —me dijo mi padre hace unos días—. Tú mejor que nadie has de valorar las prioridades que más pesan en tu decisión.

—Sé de lo que hablas papa—le confesé—, irme es mi mejor opción. Llevo muchos años esperando esta oportunidad. Allá ella si no me quiere esperar.

Durante toda la semana la niebla había cubierto por completo la ciudad.  Tuve tiempo para recoger mis fotos y empacar lo máximo para el nuevo viaje. Leí en la prensa cosas de aquel país donde iba, de la pobreza en sus calles, del narcotráfico, de los temblores de tierra, de los secuestros, de la contaminación. Datos que no me invitaban a ser feliz. Traté de encontrar cosas más agradables por internet e intenté pensar en sus gentes, sus paisajes naturales, la comida, su música o su luz. Me sentí algo más aliviado.

Sin muchas maletas que arrastrar, abrumado por mis pensamientos y preocupaciones, me despedí de la familia y los amigos sin aspavientos. Aunque mi novia me acompañó al aeropuerto, en todo el camino no pronunció palabra. Le di un beso frío y me soltó la mano. Cuando el avión despegó sentí que mi equipaje más valioso se estaba quedando en tierra y que una etapa de mi vida posiblemente se iba a cerrar para siempre.

***

Hoy lo que transcribo es mi propia voz y de quien te quiero hablar es de mi vida. Durante muchos años he sostenido sobre mis espaldas las historias de otros, y aunque muchos piensan que de ellos emanan sus relatos, el secreto está en mis vetas, en el olor de mi madera que provoca en quien me toca una profunda inspiración. Voy a cumplir cien años y mis recuerdos aún no se han borrado, fui parte de un árbol robusto que creció en un tupido bosque de castaños y hayas. En mi interior se han guardado los más profundos secretos y sobre mi tablero abatible se han vivido desbocadas pasiones.

Se acerca mí fin. Olvidado junto a otros muebles viejos, tras largos años de soledad, he descubierto que han vendido finalmente la casa que ha sido mi hogar. Mi anterior dueño, aquel brillante escritor que murió hace casi veinte años, me dejó sin un destino y sin un espacio donde continuar mi historia. Los nuevos propietarios han llegado esta mañana temprano y les escuché decir que van a hacer reforma: por eso nos están sacando. Hace apenas unos instantes oí como quebraban a hachazos la espalda de mi amigo el armario y ahora percibo el crepitar de su madera quemándose en el fuego.

¿Qué os puedo contar de mi vida? Mi primera dueña era una mujer abnegada que los años de guerra y escasez marcaron para siempre su historia. Fui entonces el arca de sus más preciosos tesoros: un pequeño almacén de comida. A un lado de los fogones, en una esquina de la cocina mantenía bajo llave todo aquello que debía estar fuera del alcance de las manos que lo necesitaban.

Al morir la señora su hija pequeña se quedó con la casa, y fue entonces cuando me volvieron a barnizar.  Durante días rascaron mi piel con dulzura y me quitaron las escamas y las marcas que me había ido dejando la vejez, arreglaron mis bisagras y un nuevo color inundó mi savia hasta lograr hacerme sentir joven de nuevo. A partir de ahí, fui el escondite de muchos caprichos y abracé entre mis paredes manjares exclusivos.

Los años volvieron a pasar y me heredó su hijo, un joven y brillante escritor que me adoptó y me mudó a una de las mejores habitaciones de la casa. Por entero me reconstruyó, me quitó hasta la última gota de esmalte y cubrió suavemente mi piel desnuda con un barniz. Se mostró a la luz cada rincón de mi cuerpo y los viejos aromas quedaron para siempre desterrados

Viví momentos de gloria, con libros amontonados en mis esquinas y personajes que tomaban forma a través de las palabras. Escribimos juntos el primer libro, recuerdo su cara al ver fluir las líneas sobre el papel, sin interrupciones; como una corriente de ideas que de forma natural se van sucediendo. Necesitaba apoyarse en mí para convertir en palabras las historias que juntos inventábamos. Fueron décadas de trabajo y de muchas satisfacciones.  Sobre mi hizo en dos ocasiones el amor con su mujer. Todos los días sentía el calor de sus manos acariciando los fríos botones negros de hierro de mi costado.

Los nuevos dueños que han llegado son jóvenes y les escucho muy alterados. Nada para ellos parece tener valor. Su corazón es duro y desean acabar con cualquier rastro de un pasado que no es él suyo. Les he visto llegar, con dos niños pequeños, en una camioneta de apilar escombro; han traído potentes herramientas de limpieza y están acumulando la basura en el jardín.

En estos últimos minutos, me veo a mi mismo y me doy cuenta en lo que el frío, la humedad y el polvo me han convertido: en un viejo mueble olvidado. Siento el aspirador arrastrarse por la madera del suelo, acercándose a mí; dos hombres abren la puerta de la habitación donde sobre mis cuatro patas con dignidad aún me sostengo. Me levantan y sin ningún cuidado, me sacan del cuarto golpeándome contra la puerta. Me bajan por las escaleras rayando mis patas y una vez en el jardín me dejan tirado junto a un montón de leña seca.

Un minuto después la mano de un niño me acaricia, gira suavemente la llave del cajón, y abre mi tablero abatible; le escucho entonces gritar:

—¡Papá!, ¿pero tú has visto que bonito escritorio?

***

 

Cocinar no resulta tan sencillo como yo creía, cuando de verás me puse a ello comencé a entender lo importante que era ser creativo con los pocos recursos de los que disponía. Al igual que cuando se escribe un relato afilas bien la punta de tu lápiz, coges con sumo cuidado la libreta y frente a una primera hoja en blanco comienzas a escribir; cuando me pongo mi mandil de cocinero busco desde bien temprano en el mercado a los personajes de mi platillo, y os puedo asegurar que no me vale cualquiera. El protagonista de mis obras suele ser el pescado, me gusta fresco y de ojos transparentes. Me deleito viendo al señor que me atiende retirando suavemente con su afilado cuchillo los despojos, separando los lomos frescos de la espina y lavando con agua fría toda su herramienta. Observo con mi mirada curiosa los recovecos de su profesión y aprendo de su experiencia.

Ya frente al fogón comienzo a buscar los personajes secundarios, esos que acompañan y que a la larga dan tan buen sabor a los guisos y también a los relatos. Busco todos los ingredientes que me faltan para completar mi historia, esos los que marcarán la diferencia entre lo común y lo extraordinario.

Con todo ordenado frente a mí, en la mesa o frente al fogón, recorro con mi mente el esquema de mi trabajo, y trato de poner en orden cada uno de los pasos que he de dar para lograr el final que deseo. Aunque pretendo ser organizado y metódico, también me gusta innovar e improvisar en los últimos momentos, intento darle el justo sazón a cada relato.

Cuando tengo armada mi receta me deleito al desarrollarla paso a paso, observando lo que sucede y paladeando los resultados. En la cocina cada platillo exige su técnica y conocimiento del proceso, y a base de intentarlo llegas a conseguir resultados excepcionales.

Le he dedicado muchas horas a la cocina y a los relatos, y aunque a simple vista parece que no tienen mucho que ver, si el producto final deja un buen sabor, la satisfacción que te da el resultado hace que el esfuerzo merezca mucho la pena.

***


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Recordé de repente y tras el impacto, que un día escuché contar, que las estrellas fugaces de la noche son ideas que presurosas acuden a la llamada de un escritor, para dibujar con su estela los renglones de una hoja por donde ha de deslizarse el lápiz de la inspiración y transformarse así en palabras.

También oí algún día decir que en el cielo hay un café muy famoso, donde todos los días, a la hora del ángelus, se juntan tus escritores favoritos y que ya nos dejaron, para relatar historias o inventarse personajes que a la postre ellos mismos lanzan al espacio para provecho de quienes frente a una hoja en blanco repetidamente lo siguen intentando.

—Adelante, pase usted, le estaba esperando. —Me dijo un hombre bajito y de bigote a la puerta de aquel concurrido lugar.
—Estaba muy grave en un hospital y ahora no sé donde me encuentro—le conté— necesito hablar con alguien.

Tranquilizándome, nos sentamos en una mesa y encendió un cigarrillo.

—Gracias por el fuego —me dijo.
—Pero si es usted Mario Benedetti —le contesté sorprendido.
—Bienvenido lector, yo ahora se lo explico.

***

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No estoy enfermo, aunque vivo unido a él. Me siento su esclavo, sé que lo necesito, dependo de él. Duermo a su lado, nunca lo apago, me inquieta no tenerlo cerca. Todas las mañanas me levanto cuando suena su alarma, antes de salir de la cama reviso mis mails;  hoy se le acabó la pila en la noche y llegué tarde a la reunión mensual con mi jefe; quizás por ello me despidan.

Ayer me olvidé de cargarlo así que estuve media mañana incomunicado, mi vida  ha sido un calvario; por fin lo he podido encender. Me relaja saber que está de nuevo conectado; cada cinco minutos vuelvo a mirar su pantalla.  Mientras navego por internet, por su culpa, casi tropiezo en el pasillo con mi jefe y le tiro el café; hoy lo mejor va a ser que me vaya a la calle. Digo que voy a visitar a un cliente y recojo el cargador. Bajo en el ascensor sin levantar mis ojos del teclado; con mi dedo gordo escribo a velocidad de vértigo; logro contestar así a uno de los mensajes recibidos que aún tenía en negrita en el buzón. Confieso que estoy sometido a la tiranía de la luz roja que parpadea cuando hay algo pendiente; nunca lo he intentado reconfigurar.

Me siento al volante, lo saco de mi chaqueta, lo pongo en el asiento del copiloto, conecto su música al coche. Está lloviendo y me acabo de incorporar a la autopista, de reojo lo miro cuando se detiene el tráfico. Vuelve a sonar, lo contesto, he visto un policía, ellos a mí por suerte no me vieron, aprieto el «manos libres» y le digo a mi jefe que para hablar tengo que salir al arcén.  Al girar a mi derecha no veo bien por el retrovisor y un camión me golpea con fuerza. Doy dos giros sobre mi mismo (como una peonza) hasta que me estampo contra una valla que se rompe y me acabo empotrando contra un árbol. Tras el caos viene la calma, una tensa calma; tan solo se oye un goteo continuo y una rueda girar. Estoy boca abajo, atrapado en este amasijo de hierro, entre el airbag y el cinturón de seguridad. No me duele nada y no sé si estoy muerto.

Comienzo a pedir auxilio  pero en seguida me callo: acabo de escuchar su melodía  sonar; lo busco con ansiedad entre todo este desastre; auscultó con la mirada mi alrededor: no veo más que chapa retorcida incrustada en el tapizado; sin embargo, entre dos trozos de metal parpadea su luz roja y brillante; me suelto con dificultad de lo que me aprisiona, me deslizo con cuidado entre los cristales sobre el techo y logro de nuevo alcanzarlo. Me siento muy aliviado.

***

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El calor de una familia, el olor del bizcocho recién hecho, la ducha de cada mañana, el zumo al despertar; las camisas ordenadas por colores, los trajes planchados, el ropero lleno de cosas limpias, el escritorio ordenado y muchos libros en las estanterías por leer. Cada mañana me levanto temprano para hacer deporte en el bosque y siempre paso por los mismos sitios: este es mi mundo.

El olor a sudor macerado, al cigarrillo que se apaga en el coche; el aliento a borrachera; el sabor de lo rancio; la sensación de miedo, de indefensión; el ruido de los conflictos y de la necesidad, el amargor de las drogas. Desde hace casi tres años todos los días me saluda, da igual que vaya con mis hijos, con mi mujer o solo; cuando paso en bicicleta junto al lago, ella, haga frío o calor, sea verano o invierno, con una diminuta falda, un camisón corto transparente, mostrando su piel negra y sus pechos desnudos, con un bolso al hombro y los labios pintados de un rojo indeleble siempre me sonríe: ese es su mundo.

Los rayos que se cuelan entre los pinos en primavera, los caminos de tierra entre las piñas en verano, las fuentes con las ramas podadas en otoño, y el barro con el hielo en el invierno. En ese paraíso de contrastes, cada mañana que me adentro en el bosque me pregunto si aún estará allí, porque sé que a pesar de su sonrisa, algún día no la encontraré.

***

Cuatro meses después de comenzar mi tratamiento para recuperar mi estómago, mi empresa perdió un proyecto muy importante, se produjo un dramático recorte de  personal, y a pesar de mis esfuerzos por sacar adelante aquel proyecto con el nuevo equipo que yo mismo había seleccionado y formado el clima en la oficina empezaba a ser muy difícil de recomponer. Dado el proceso de fusión que estábamos padeciendo a mí me bajaron de categoría, y con el nuevo jefe que ahora se había integrado al equipo la convivencia comenzaba a ser muy tensa.

Después de todos aquellos años trabajando ya empezaba a ver la vida de otra manera, otro tipo de prioridades comenzaban a pesar más que mi trabajo y me sentía ya cansado de vivir permanentemente en ambientes desmotivadores y conflictivos. Recordaba las palabras de Vinicio cuando me decía que sin equipo no había futuro y me veía ahora en medio de un proceso de cambio y totalmente desamparado.

Aquel año por aquellas fechas seguía haciendo mucho frío en Madrid. Se avecinaban tiempos de importantes cambios y yo no dejaba de hacer horas extraordinarias. La empresa que nos había adquirido me asignó un nuevo jefe muchísimo más joven que yo y sin nada de experiencia.

 – Mira Hipólito, conmigo o te adaptas a mi estilo o te vas a  la puta calle, así de sencillo ¿lo entiendes?  Fue una de las últimas  amenazas que llegué a escuchar impotente frente a mi mesa, aquella tarde lluviosa donde el cielo de Madrid se pintaba con una tiza negra con trazos plateados. La frase también la escuchó uno de los colaboradores que se sentaba junto a mí al fondo del pasillo cerca de los ascensores.

 En aquella traumática fusión que vivimos en mi compañía se renovaron muchos de los jefes y el que a mí me tocó parecía que había recibido instrucción militar. El conflicto se tensaba porque su comunicación era muy agresiva y nos faltaba el respeto; para él los gritos, las descalificaciones y las blasfemias era ser natural, así que te arrojaba con insidia sus insultos, como si de objetos contundentes se tratase, provocándote profundas heridas en tu orgullo y autoestima. El nos decía que era la mejor forma de poder motivarnos y que así era él: “lo aceptas o te vas”.

 Yo reducido a la nada, con la moral por los suelos,  abatido y totalmente desmotivado me dejé caer triste en el asiento enfrente de mi escritorio, cerré los archivos que a aquellas  intempestivas horas aún permanecían abiertos y apreté la tecla de “apagar equipo” en mi portátil aún sintiendome culpable por dejar mucho de mi trabajo atrasado. Miré durante unos breves minutos por la ventana mientras se cerraba el Windows y se me pusieron los ojos rojos. – No lo soporto más, esto es superior a mis fuerzas, voy a renunciar. Fue lo último que murmuré aquella tarde de viernes, ya casi a punto de anochecer en una oficina prácticamente vacía de gente.

A las nueve treinta de la mañana del domingo, dos días después de aquella amenazadora frase, una sirena rompió con su estruendo la armonía de mi calle, dos paramédicos trataban desesperados de estabilizarme y agarrado a la mano de mi padre me retorcía con vómitos intensos, un terrible dolor abdominal, calambres musculares y un insoportable dolor de cabeza, en la camilla de una ambulancia camino del Hospital Cerón. Treinta minutos después descansaba recién ingresado, en la planta tercera, en la unidad de intoxicados. Algo había ingerido en el fin de semana que después de veinticuatro horas hizo que me comenzara a  sentir que me moría.

He de reconocer que por la tensión de la fusión, el recorte de personal y las maneras de mi nuevo jefe, se percibía en aquella época un ambiente envenenado en el proyecto y en la empresa; para algunos las dolencias eran la consecuencia de la relación con nuestro inexperto jefe, que algunos llegaban a definir como un auténtico martirio psicológico.

Recuerdo que alguno dijo que padecíamos los síntomas de ser “víctimas de envenenamiento por un estilo de liderazgo basado en el miedo y la descalificación”. Yo tampoco me había quitado la etiqueta aquella de “animal de las relaciones” pero he de reconocer que me vi superado por un nuevo jefe que manifestaba unas peligrosas carencias de comunicación y gestión de conflictos, que para algunos llegó a tener connotaciones de una autentica pesadilla.

Tuve tiempo para hablar con mi padre en el Hospital y darle detalles de como mi jefe se relacionaba y dirigía el equipo de trabajo. Le conté que mi nuevo responsable tenía una personalidad encantadora con sus propios jefes pero con nosotros era muy desagradable en sus formas, siempre estaba enfadado, nunca le parecía bien nada que hicieses o dijeses y siempre estaba a la defensiva. Te amenazaba y daba gritos por los errores que cometías, aunque estos no fueran de mucha importancia. Era desconfiado,  le gustaba mucho hacerse notar y ser el protagonista. No le importaba hacerte de menos ante otras personas, minusvaloraba tu trabajo, se burlaba de tus defectos, te calumniaba con comentarios que no habías dicho. Le gustaba hablar mal de los demás y ridiculizar a los compañeros a sus espaldas, yo le vi hacerlo en muchas ocasiones. Al oírle hablar mal de los demás no podía evitar pensar lo no le escuchaba decir de mí.

Aquella tarde en la habitación del Hospital escuche a mi padre explicarle al médico y a cuantos le escucharon en aquel interminable pasillo con olor a limpio, un sentimiento de queja y autoinculpación – Es imposible que me haya equivocado,- decía con un tono vehemente –  llevo cuarenta años produciendo estas setas en mi finca, no puede ser que esta vez los haya cultivado envenenadas. –

Estuve casi quince horas en cuidados intensivos y en observación continua desde que ingresé en la clínica, por la ingesta de aquellas setas venenosas que me regaló mi padre. Tuve fuertes convulsiones en mi entonces delicado estómago y sentí un terrible malestar imposible de soportar. Los médicos dijeron que los síntomas de envenenamiento eran claros. Pidieron incluso que trajeran más setas al hospital para enviarlas a un análisis botánico aunque más adelante nos dijeron que no habían encontrar nada venenoso. Determinaron que el nivel de intoxicación era grave porque el intervalo desde la ingestión y la aparición de las primeras molestias había sido muy prolongado; había peligro a que las toxinas hubiesen sido absorbidas por mi organismo y se pudiese lesionar alguno de mis órganos vitales. 

Durante la semana que estuve en el hospital, a pesar de estar muy atareados en el proyecto, excepto mi nuevo jefe, todo mi equipo me vino a visitar. Mi sentido de la responsabilidad era tan grande que intenté trabajar incluso desde la habitación pero el doctor me recordó las posibles consecuencias y no me lo aconsejó.

En el proyecto buscaron rápidamente un sustituto. El nuevo que temporalmente ingresó en mi lugar, a la semana de su incorporación entró en conflicto directo con aquel inexperto jefe y renunció.  Sé que corrían entonces bromas sobre la toxicidad verdadera de aquel estilo de liderazgo basado en las amenazas,  los gritos y las malas formas y las consecuencias que podía tener para la salud de todo el equipo. Se hablaba en broma de los riesgos laborales de aquel ambiente y de la necesidad de una inspección de los niveles de exposición a los que nos veíamos sometidos con objeto de determinar el grado verdadero de envenenamiento que podíamos estar padeciendo en aquella oficina de proyecto con aquel jefe tóxico.

Cuando después de todo aquel suceso me recuperé, a punto ya de reintegrarme al proyecto, una nueva noticia sentó al equipo como un delicioso té calentito al abrigo de una chimenea en un frío y lluvioso día de invierno. A la semana de darme el alta en el hospital en Madrid por el grave envenenamiento que sufrí, debido en teoría a las setas que mi padre con todo el cariño del mundo me trajo de su granja, la dirección de nuestra empresa decidió trasladar a nuestro inexperto jefe a otro cliente. Los síntomas de mal humor, agotamiento, desmotivación, apatía, y bajo rendimiento del grupo de profesionales que allí trabajamos, empezaron desde aquel momento a remitir.

Hablé con mi padre por aquel entonces de mi experiencia en el Hospital y de la situación que viví en el plano laboral. Su versión final de la historia siempre me hizo pensar. Él insistió que era imposible que se hubiera equivocado y me hubiera podido dar setas envenenadas porque el mismo plantó aquellos champiñones y con mimo los cultivó. Así que estaba totalmente convencido de su teoría, y esta era que mi envenenamiento se debía a las  toxinas que aquel inexperto jefe me provocaba. Mi padre estaba convencido que eso fue lo que verdaderamente me llevó al hospital y  a permanecer allí durante más de una semana. Yo, por supuesto nunca puse en duda ni su palabra ni su teoría, al fin y al  cabo de setas mi padre siempre supo muchísimo más que yo. 

***


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Uno espera que con el tiempo al igual que los frutos de los arboles, las personas maduren y en lo que a sus actitudes se refiere llegue ese momento en que al tomar plena consciencia de las consecuencias de nuestros propios comportamientos, decidamos por convencimiento propio que es necesario cambiar.  Cada vez me cuesta más creer que las personas con los años podamos llegar a reformarnos, pero a pesar de este escepticismo no practicante, tengo que admitir que he visto a muchos profesionales transformarse con el tiempo y convertirse en seres totalmente diferentes de cómo eran. Hablo del cambio de actitudes ante la vida, de la capacidad de adaptarnos a los demás, de los conflictos, de nuestras reacciones, de la habilidad que tenemos para interrelacionarnos con nuestro entorno en el ámbito laboral.

Manuel Gil se consideraba a sí mismo un tipo duro capaz de afrontar con éxito cualquier misión que verdaderamente se propusiese y a lo largo de toda su vida había sido así. Desde bien niño apuntaba alto y sabía que él era mucho más capaz que los demás. Durante años tuvo verdaderos problemas de inadaptación al entorno, – Con una mente tan capaz es lógico que se aburra y comience a idear cosas de este tipo – solía decir para justificarle su mentor y maestro, quien en más de una ocasión tuvo que mediar con la dirección del colegio que tan caro le costaba a su padre para evitar males mayores. Tampoco resultaba tan complicado perdonar y aceptar sus salidas de lugar, porque Manuel sin mayor esfuerzo era capaz de lograr en todas las asignaturas una media de sobresaliente y en algún que otro curso de matrícula.  

Procedía de una familia modesta y normal y logró una vez finalizados sus estudios un buen empleo en una multinacional del sector servicios y desde entonces hacía tres años que había comenzado a trabajar. Las cosas sin embargo en aquellos últimos meses habían cambiado mucho. Su jefe de división, se había fijado mucho en él, le llamaba la atención la capacidad de Manuel, su imaginación para abordar los problemas y su disposición a resolver cuantas incidencias sucedían con tal de lograr los objetivos que le hubiesen propuesto. Sin duda era él, el que más valor aportaba al equipo con diferencia y eso se notaba cada vez más. Las cosas estaban cambiando mucho en la empresa y su jefe a quien le habían comunicado que en un par de meses iba a surgir una codiciada e insuperable oportunidad de promoción, había pensado en Manuel para sustituirle en su puesto.

Su jefe tenía no obstante sus dudas y pensaba que Manuel, a pesar de su gran capacidad, malograba su carrera por su carácter y su impronta. Suele ser común que cuando alguien en un entorno destaca por ser más activo, creativo, tener iniciativa y está orientado totalmente al logro, surjan conflictos con quienes no logran ser así. Manuel también contribuía poco a crear un buen clima con sus compañeros y aunque la mayor parte del tiempo era encantador en el trato y muy divertido cuando no lograba lo que se proponía, cuando no se cumplía con lo que él esperaba, o simplemente cuando algo impedía que él alcanzase lo que se había planteado era capaz de romper la baraja y bien por su actitud, comunicación no verbal o por su hiriente ironía conseguía tensar el ambiente más allá de lo necesario generando en los demás un alto grado de animadversión. Si Manuel quería crecer, Manuel tenía que cambiar – pensaba entonces su jefe. Muchas cosas se pueden justificar con la juventud, pero las oportunidades solo pasan muy de vez en cuando y si de veras quería ascender, tenía que cambiar, le solía repetir.

Cuando su jefe le llamó a su despacho su único propósito era ayudarle, él intuía lo que costaba moldear un carácter como el de Manuel, porque también así había sido el suyo cuando empezó; entendía lo difícil que es modificar los hábitos que uno tiene arraigados durante tantos años. Sabía también que Manuel le respetaba y apreciaba aunque en alguna ocasión se hubiese mostrado  arrogante y soberbio al descubrirse conocedor de detalles técnicos imposibles de resolver para una mente medianamente normal.

Manuel se sentía imprescindible y desde hacía un par de meses comenzaba a mostrarse algo inquieto en su puesto, aspiraba a más, esto era algo que comenzaba a manifestarlo con mayor asiduidad. Nadie a su alrededor éramos capaces de llegar a su nivel, se creía un líder, se sentía pletórico con su capacidad,  estaba seguro que ninguno de sus compañeros le podíamos llegar a superar. No comprendía tampoco la actitud de los demás hacia él, lo atribuía a la envidia, pensaba que los demás se quejaban de él sin motivo, que sus compañeros eran débiles de carácter e incapaces de enfrentarse con lógica y determinación a los problemas más simples que se les planteaban si él mismo no les ayudaba. Era omnipresente entre todos los demás; trataba de resolver las dificultades de su equipo, lo que le hacía sentirse muy superior.

Lo curioso es que él pensaba y decía que en el fondo era una persona muy humilde y era algo que solía repetir con asiduidad; él sabía que cualquier esfuerzo sería en vano y  que no podría progresar si no lograba ser respetado por los demás. La llamada de su jefe invitándole a visitarle en su despacho le había hecho pensar; no hacía mucho había tenido una terrible bronca con el departamento técnico y el haber perdido los nervios podría traer algunas consecuencias. Se acordó entonces de su maestro, de cuando era niño, de su colegio y de los problemas en el continuamente tenía, pensó una vez más en la necesidad de cambiar, de suavizar su carácter, de no dejarse llevar por sus arrebatos y de poderse controlar.

Recuerdo aquel día después de terminar la reunión ver a Manuel salir del despacho de su jefe, con su rostro desencajado, con sus puños apretados, caminando deprisa y  casi a punto de explotar. Nunca supimos que fue lo que hablaron, solo trascendió las consecuencias de aquella reunión. Meses después Manuel se fue de la compañía y el jefe buscó otro substituto entre los más veteranos. Me eligió a mi que aunque no era muy bueno técnicamente todos pensaban que era una buena persona y por mi carácter conciliador me respetaban.

Después de cambiarme de empresa hasta en dos ocasiones me volví a encontrar a Manuel casi siete años después. Comenzábamos por aquel entonces un proyecto en el que él participaba, con una empresa de primer nivel que tenía sus oficinas cerca de la Gran Vía, en el centro de la ciudad. Tuve oportunidad de hablar con él largo y tendido en esas ocasiones y me confesó con mucho respeto y cariño lo mucho que desde entonces le había costado cambiar. – Dominar mis impulsos y saber escuchar, no dejarme llevar por mis ataques de ira, tratar de entender un poco más a los demás. No tomarme las cosas tan a pecho en el trabajo ni en la vida, saber equilibrar. Pensar que yo también puedo estar equivocado, aprender a tolerar. Evitar a toda costa tensionar el ambiente que me rodea, centrarme en la parte objetiva de mis problemas y no dejarme llevar por mis cambios de humor, aprender a controlar mis impulsos y ser más amable con los demás. Fueron las reflexiones que anoté en mi libreta de notas la última vez que hablé con él.

Me contó también que después de aquella empresa donde coincidimos había pasado por otras tres compañías y que le sucedió lo mismo, al final le invitaron a irse de la tres. Su carácter, me reconoció, que fue quien le perdió y me contó que a pesar de ser reconocido por sus jefes como genio en el desarrollo era también un inadaptado en los equipos, que por momentos descontrolaba negativamente su comunicación tanto verbal como no verbal y que su estilo de relación era muy propenso al conflicto y a crear un clima negativo entre sus colaboradores; lo que más le dolió y movió hacia el cambio fue que alguien en aquella época le insinuase que era analfabeto emocional. En esta nueva etapa, después de todos aquellos tropieces, fungía la función de director de unidad, un puesto muy relevante para su edad, lo que demostraba que a pesar de los golpes que se había dado se había logrado superar.

Durante los meses que pasé en aquel proyecto, un día coincidimos en la cafetería que teníamos al lado del cliente mientras tomábamos un café. Fue entonces cuando me confesó algo que me hizo sin duda pensar: que a él ya no le pagaban por sus grandes conocimientos técnicos sino por su capacidad de mediar entre los demás y de evitar conflictos, por buscar el consenso entre las partes y sacar lo mejor de cada persona. –

***


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